Durante muchos años, gran parte de la comunicación del tercer sector se construyó alrededor de imágenes y mensajes pensados para generar impacto inmediato. Fotografías de niñas y niños llorando, historias centradas en el sufrimiento, campañas donde la vulnerabilidad aparecía como el principal recurso para sensibilizar a las audiencias.
Muchas de estas estrategias nacieron desde una intención genuina, la de visibilizar problemáticas que de otro modo quedarían ignoradas y movilizar el apoyo que las organizaciones necesitan para sostener su trabajo. Con el tiempo, también ha ido tomando forma una conversación importante sobre los límites éticos de este tipo de comunicación.
Es ahí donde aparece un concepto que cada vez se discute más dentro del sector, el poverty porn. Aunque el término puede resultar incómodo, la reflexión detrás de él es relevante para cualquier organización que trabaje con poblaciones en situación de vulnerabilidad, porque comunicar realidades difíciles no tendría que implicar deshumanizar a quienes forman parte de ellas.
¿Qué es el poverty porn?
El poverty porn, a veces traducido como «pornografía de la pobreza», describe una forma de comunicación en la que las imágenes, historias o mensajes utilizan el sufrimiento, la vulnerabilidad o las condiciones de pobreza de las personas como recurso principal para generar impacto emocional, atención o donaciones.
Suele tratarse de contenido que busca provocar tristeza, culpa o conmoción inmediata en quien lo consume. Algunos ejemplos:
- Fotografías que muestran únicamente dolor o sufrimiento extremo.
- Historias que presentan a las personas beneficiarias desde la lástima.
- Mensajes que reducen a las personas a su situación de vulnerabilidad.
- Campañas donde la pobreza se vuelve el principal recurso visual o narrativo.
El punto de la conversación no está en hablar sobre pobreza, desigualdad o problemáticas sociales, las OSC necesitan comunicar realidades complejas y dar visibilidad a causas que muchas veces quedan al margen de la conversación publica. La discusión comienza cuando las personas dejan de ser representadas con dignidad y su imagen pasa a ocupar un lugar central como recurso para generar impacto emocional.
Por qué vale la pena hablar de esto
Este tema me ha hecho revisar la manera en que pensamos la comunicación social, incluyendo decisiones que en otro momento parecieron normales dentro del sector. Y creo que vale la pena compartir esa reflexión, porque las conversaciones más útiles suelen surgir desde la honestidad con la que miramos hacia atrás.
Muchas organizaciones trabajan todos los días para mejorar la vida de personas y comunidades. Al mismo tiempo, operan bajo una presión real, conseguir atención, visibilidad y recursos para sostener esa labor, esa presión puede llevar, sin que sea siempre evidente, a privilegiar el impacto emocional inmediato sobre la representación cuidadosa.
No suele ser una decisión consciente; durante años, el propio sector aprendió, porque así lo confirmaban las métricas, que las imágenes más duras solían generar más reacciones, más compartidos o más donaciones y muchas prácticas se fueron normalizando desde ahí.
Hoy sabemos que ese tipo de contenidos también puede tener efectos que conviene mirar de cerca:
- Reforzar estereotipos sobre la pobreza y la vulnerabilidad.
- Presentar a las personas beneficiarias únicamente desde el sufrimiento.
- Invisibilizar sus capacidades, historias y contextos.
- Crear relaciones desiguales entre quien «ayuda» y quien «recibe ayuda».
- Afectar la dignidad y la privacidad de las personas representadas.
A esto se suma un cambio en las audiencias, ya que cada vez más personas están atentas a la manera en que las organizaciones comunican sus causas, y esperan campañas más éticas, transparentes pero sobre todo, más humanas. La confianza institucional también se construye desde la forma en que una organización representa a las comunidades con las que trabaja.
El problema no es mostrar la realidad
Hablar de pobreza, violencia, desigualdad o exclusión social es parte del trabajo del tercer sector, las OSC operan en contextos complejos que necesitan ser visibilizados, y muchas problemáticas siguen siendo ignoradas o minimizadas en el debate público. Mostrar esas realidades es necesario, y en muchos casos es justamente lo que abre la puerta a la conversación, al apoyo y al cambio.
El reto aparece cuando la narrativa se centra únicamente en el sufrimiento, cuando las historias pierden la voz de sus protagonistas, cuando las imágenes reducen a alguien a su momento más vulnerable, cuando la comunicación busca conmocionar sin contexto, sin profundidad y sin la dignidad de quien aparece en ella.
Hay una diferencia importante entre visibilizar y exponer. Visibilizar implica acompañar una realidad con contexto, con respeto y con la persona como protagonista de su propia historia. Exponer, en cambio, coloca a alguien frente a una audiencia que mira, se conmueve y sigue adelante, mientras la persona representada queda fijada en ese instante de vulnerabilidad. La primera busca generar comprensión; la segunda, reacción inmediata.
Esa diferencia también tiene que ver con la mirada, cuando una historia se cuenta desde la mirada externa de quien quiere mover una emoción, suele perder algo esencial, la complejidad de quien la vive. Las personas que aparecen en una campaña tienen contexto, vínculos, capacidades y procesos y reducirlas a una imagen de carencia simplifica algo que, en realidad, casi nunca es simple.
Las personas no tendrían que convertirse en símbolos de lástima para hacer una campaña más efectiva, y la pregunta que vale la pena sostener es si la comunicación que producimos honra la historia completa de quienes aparecen en ella, o si toma de esa historia únicamente lo que conviene a la campaña.
Entonces, ¿cómo comunicar sin caer en el poverty porn?
No existe una fórmula única, y probablemente lo más honesto es asumir que se trata de un proceso, más que de una lista de pasos a seguir. Aun así, hay algunos principios que pueden orientar el camino.
Escuchar a las personas que aparecen en las historias. Antes de decidir cómo representar a alguien, vale la pena preguntarle cómo quiere ser representado. Las personas o comunidades con las que trabajan las OSC merecen ser consultadas sobre el uso de su imagen, y también tienen perspectivas valiosas sobre cómo contar sus propias historias. Involucrarlas en esas decisiones transforma la comunicación, deja de ser algo que se hace sobre ellas y se convierte en algo que se construye con ellas.
Mostrar a las personas desde su humanidad completa. Nadie se define únicamente por su carencia o su sufrimiento, las personas también tenemos historias, capacidades, decisiones, sueños, contextos y procesos, una comunicación más ética busca representarlas desde una mirada más amplia.
Dar contexto. Las problemáticas sociales no ocurren de manera aislada, explicar causas, contextos y desafíos estructurales ayuda a evitar narrativas simplistas donde la pobreza queda reducida a una imagen impactante.
Cuidar el consentimiento y la privacidad. Antes de compartir fotografías, testimonios o historias, vale la pena preguntarse ¿la persona comprende cómo se utilizará ese contenido?, ¿hay consentimiento informado?, ¿la publicación podría afectar su privacidad o seguridad?, ¿se compartiría ese contenido si se tratara de alguien cercano? son preguntas incómodas, lo sé y precisamente por eso son útiles.
Construir narrativas más equilibradas. Las historias pueden hablar de desafíos y realidades difíciles sin reducir a las personas a la vulnerabilidad, también cabe comunicar resiliencia, procesos de cambio, participación comunitaria, acompañamiento y transformación social.
Una conversación que el tercer sector necesita seguir teniendo
Hablar de poverty porn puede generar incomodidad dentro de las organizaciones, en parte porque obliga a revisar prácticas que durante años se sintieron normales, e incluso eficaces. Esa incomodidad también es una oportunidad, la de construir campañas más éticas, más humanas y más coherentes con los valores que muchas OSC buscan promover.
La comunicación social tiene el poder de sensibilizar, movilizar apoyo y abrir conversación pública, pero junto con ese poder, tiene también la responsabilidad de cuidar la manera en que representa a las personas y a las comunidades, porque las historias más poderosas suelen ser las que se construyen con las personas, en lugar de hacerlo sobre ellas.
Por María Trejo




